14 Las Églogas
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Voz: Manuel López Castilleja • Fondo musical: J_S_Bach_Sonata para flauta y clave_BWV 1030 • Youtube.com • El dulce lamentar de dos pastores, • Salicio juntamente y Nemoroso, • he de contar, sus quejas imitando; • cuyas ovejas al cantar sabroso • estaban muy atentas, los amores, • (de pacer olvidadas) escuchando. • Tú, que ganaste obrando • un nombre en todo el mundo • y un grado sin segundo, • agora estés atento sólo y dado • el ínclito gobierno del estado • Albano; agora vuelto a la otra parte, • resplandeciente, armado, • representando en tierra el fiero Marte; • agora de cuidados enojosos • y de negocios libre, por ventura • andes a caza, el monte fatigando • en ardiente jinete, que apresura • el curso tras los ciervos temerosos, • que en vano su morir van dilatando; • espera, que en tornando • a ser restituido • al ocio ya perdido, • luego verás ejercitar mi pluma • por la infinita innumerable suma • de tus virtudes y famosas obras, • antes que me consuma, • faltando a ti, que a todo el mondo sobras. • En tanto que este tiempo que adivino • viene a sacarme de la deuda un día, • que se debe a tu fama y a tu gloria • (que es deuda general, no sólo mía, • mas de cualquier ingenio peregrino • que celebra lo digno de memoria), • el árbol de victoria, • que ciñe estrechamente • tu gloriosa frente, • dé lugar a la hiedra que se planta • debajo de tu sombra, y se levanta • poco a poco, arrimada a tus loores; • y en cuanto esto se canta, • escucha tú el cantar de mis pastores. • Saliendo de las ondas encendido, • rayaba de los montes al altura • el sol, cuando Salicio, recostado • al pie de un alta haya en la verdura, • por donde un agua clara con sonido • atravesaba el fresco y verde prado, • él, con canto acordado • al rumor que sonaba, • del agua que pasaba, • se quejaba tan dulce y blandamente • como si no estuviera de allí ausente • la que de su dolor culpa tenía; • y así, como presente, • razonando con ella, le decía: • Salicio: • ¡Oh más dura que mármol a mis quejas, • y al encendido fuego en que me quemo • más helada que nieve, Galatea!, • estoy muriendo, y aún la vida temo; • témola con razón, pues tú me dejas, • que no hay, sin ti, el vivir para qué sea. • Vergüenza he que me vea • ninguno en tal estado, • de ti desamparado, • y de mí mismo yo me corro agora. • ¿De un alma te desdeñas ser señora, • donde siempre moraste, no pudiendo • de ella salir un hora? • Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. • El sol tiende los rayos de su lumbre • por montes y por valles, despertando • las aves y animales y la gente: • cuál por el aire claro va volando, • cuál por el verde valle o alta cumbre • paciendo va segura y libremente, • cuál con el sol presente • va de nuevo al oficio, • y al usado ejercicio • do su natura o menester le inclina, • siempre está en llanto esta ánima mezquina, • cuando la sombra el mondo va cubriendo, • o la luz se avecina. • Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. • ¿Y tú, de esta mi vida ya olvidada, • sin mostrar un pequeño sentimiento • de que por ti Salicio triste muera, • dejas llevar (¡desconocida!) al viento • el amor y la fe que ser guardada • eternamente sólo a mí debiera? • ¡Oh Dios!, ¿por qué siquiera, • (pues ves desde tu altura • esta falsa perjura • causar la muerte de un estrecho amigo) • no recibe del cielo algún castigo? • Si en pago del amor yo estoy muriendo, • ¿qué hará el enemigo? • Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. • Por ti el silencio de la selva umbrosa, • por ti la esquividad y apartamiento • del solitario monte me agradaba; • por ti la verde hierba, el fresco viento, • el blanco lirio y colorada rosa • y dulce primavera deseaba. • ¡Ay, cuánto me engañaba! • ¡Ay, cuán diferente era • y cuán de otra manera • lo que en tu falso pecho se escondía! • Bien claro con su voz me lo decía • la siniestra corneja, repitiendo • la desventura mía. • Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. • ¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta, • (reputándolo yo por desvarío) • vi mi mal entre sueños, desdichado! • Soñaba que en el tiempo del estío • llevaba, por pasar allí la sienta, • a beber en el Tajo mi ganado; • y después de llegado, • sin saber de cuál arte, • por desusada parte • y por nuevo camino el agua se iba; • ardiendo yo con la calor estiva, • el curso enajenado iba siguiendo • del agua fugitiva. • Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. • Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena? • Tus claros ojos ¿a quién los volviste? • ¿Por quién tan sin respeto me trocaste? • Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste? • ¿Cuál es el cuello que, como en cadena, • de tus hermosos brazos anudaste? • No hay corazón que baste, • aunque fuese de piedra, • viendo mi amada hiedra, • de mí arrancada, en otro muro asida, • y mi parra en otro olmo entretejida, • que no se esté con llanto deshaciendo • hasta acabar la vida. • Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. • ¿Qué no se esperará de aquí adelante, • por difícil que sea y por incierto? • O ¿qué discordia no será juntada?, • y juntamente ¿qué tendrá por cierto, • o qué de hoy más no temerá el amante, • siendo a todo materia por ti dada? • Cuando tú enajenada • de mi cuidado fuiste, • notable causa diste, • y ejemplo a todos cuantos cubre el cielo, • que el más seguro tema con recelo • perder lo que estuviere poseyendo.
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